14/9/19

Yo tampoco iré



El 17 de septiembre es una efeméride que se celebra oficialmente desde el año 1991 a causa de la imposición de un partido nacionalista que entonces tenía la llave de la gobernabilidad en la Asamblea melillense. No existe gran arraigo ciudadano en esa celebración que digamos. Como tampoco, estableciendo un himno cuya letra nadie canta, porque nadie sabe; un traje regional típico, que jamás utilizó mujer alguna en Melilla; una Feria con claro sesgo andaluz o un plato gastronómico concreto, se puede zanjar el asunto de la identidad o característica cultural y psicosocial de los hoy moradores locales. Además, la situación sociológica y demográfica de Melilla ha cambiado significativamente desde entonces.
A principios del siglo XX, Melilla comenzó a tener conciencia civil de ciudad y a entender –perezosamente- que el futuro como tal estaba fuera de las murallas –aunque algunos en 2019 se empeñen en seguir fortificados dentro de ellas- porque al otro lado se abría todo un mundo de expectativas y oportunidades. Era el inicial y sinuoso camino hacia la apertura, la solidaridad y la integración.
La Ley Orgánica 6/1981 del Estatuto de Autonomía de Andalucía, dejó huérfanas y en desamparo a las dos ciudades norteafricanas –Ceuta y Melilla- aislados enclaves, de tradiciones y huellas andaluzas por su cercanía. Esa circunstancia activó la voluntad de desarrollo independiente que propiciaba la Transición Española, dando origen a la única expresión de identidad que ahora nos aglutina: la jurídica, que aporta el Estatuto de Autonomía de 13 de marzo de 1995. Ese es el punto de partida de la “Nueva” Melilla.
Por cierto, me parece pírrica la cita que se hace en el Preámbulo de nuestro Estatuto, donde se alude “aprecio a la pluralidad cultural de la población”, y en ese “afecto” parece concluir todo. Después de veinticuatro años hemos dado importantes pasos hacia una identidad sociocultural que está deficientemente recogida y pendiente de armonizar estatutariamente, porque como he dicho en otras ocasiones, gestamos una nueva cultura, genuina y singular a través de unos jóvenes que carecen de prejuicios que quieren una ciudad plural, abierta, con posibilidades para todos y en plena convivencia.
En el año 2008, este servidor escribía, publicaba y justificaba que  “salvo causa de ineludible rehúse, no asistiré más al llamado Día de Melilla el 17 de septiembre…”, y lo he cumplido desde entonces. Me siento y soy español de pleno derecho, como otros muchos melillenses, no necesito esa fecha –ya tenemos otras en el calendario nacional- para reafirmar amor, compromiso, lealtad y servicio a España. Es algo que además practico todos los días; rechazo el caudillaje catastrofista con interesados llamamientos a un españolismo rancio y excluyente.

Quiero encontrar espacio y momento en el que proclamar también cariño a mi ciudad, Melilla, de aquello que nos une, para celebrarlo conjuntamente sin distinción de credos, ideologías o partidismos. No puedo concebir una fiesta o celebración local que no esté debidamente convenida y provoque división o desinterés entre los ciudadanos; simplemente es un error.
¿Es cuestionable o inamovible esa cita? La intransigencia, la manipulación sectaria de un noble sentimiento y el espurio interés político, han convertido el 17 de septiembre en una especie de dogma maniqueo, cuyo simbolismo, por desgracia, ha trascendido a otras esferas: si te opones a la misma, eres un entreguista, contrario a una Melilla española, convirtiéndote en un sujeto sospechoso, traidor e indigno hijo de la Patria.
En mi opinión, llevan años confundiéndonos con mucha demagogia sobre el “qué celebramos”, para que olvidemos lo realmente importante: “qué deberíamos festejar”. Las relaciones interculturales, tienen siempre un carácter desigual como consecuencia de la utilización del poder como elemento impositivo de intereses o prácticas sociales. El “Día de Melilla” debe ser el que sus pobladores mayoritariamente elijan en paz y armonía, reconociéndose como un colectivo cohesionado “únicos en sí mismos”. Póngase cualquier fecha consensuada y salgamos de una vez de las viejas murallas.

3/9/19

"Tenemos que hablar..."


Los problemas de Melilla son más bien de orden político, aunque en la práctica, política y economía van de la mano, son inseparables.
“Es necesario que hablemos…”, le dijo la Economía a la Política. Atractiva declaración de voluntades, que en nuestra ciudad, de ahí no pasa. Siempre con muchos recelos, cumpliendo objetivos mínimos, sabedores de que en un diálogo, cuando es  sincero, se exige asumir el riesgo de ser persuadido.
Y precisamente, ese es uno de los grandes escollos para una población condicionada por su posición geoestratégica desde 1497, que en tiempos actuales considera tal circunstancia espacial “un privilegio” para aprovechar ventajas competitivas en los mercados. Pero la realidad y la experiencia demuestra que no ha sido así, como tampoco –una vez convencidos del fracaso- hemos dado con “la tecla” para iniciar la transformación de un modelo productivo que no genera la riqueza ni el empleo suficiente que la sociedad demanda, a pesar de algunos planes de exiguos resultados.
Los Estados, como consecuencia de la globalización, han perdido buena parte de su soberanía a manos de las grandes empresas, que con sus decisiones, influyen en el ejercicio del poder y en la vida social de los territorios donde se implantan. Pero hay que decir que la referida apertura global, no se expande con la misma proporcionalidad ni produce los mismos efectos en algunos niveles locales o regionales.
Conocemos perfectamente la teoría.  La mejora tecnológica, la inversión y la educación son las causas próximas del desarrollo económico. Como también sabemos que las instituciones políticas condicionan el efecto de las mismas, incluido un comercio local cada vez más estrecho e inviable. Por tanto, ruego encarecidamente a Economía y Política “dialoguen” con mucha claridad en Melilla, porque de ese equilibrio depende futuro, progreso y desarrollo.
La fuerza contributiva del sector terciario de la economía y del mercado laboral, son una constante en el mundo. Los servicios son un segmento en expansión desde hace muchos años que aporta importantes cifras de población activa dedicada a su ejercicio. Además, por su diversidad, precisa de mano de obra especializada. En España ocupa a 8 de cada 10 trabajadores. Melilla debe optimizar mejor ese sector sin renunciar a otras posibilidades de diversificación con un marco normativo adecuado.
Tenemos un patrón económico ineficiente que no se cambia de “la noche a la mañana”. Es complejo abordar esa transformación, pero con la anterior pasividad e indecisión política e institucional, desoyendo a importantes sectores económicos, no íbamos a ninguna parte. La inicial idea de constituirnos ante la UE como un centro impulsor de desarrollo económico del Magreb se ha disipado. Ni tuvimos el necesario empuje, ni el vecino país, a juzgar por los acontecimientos –cierre unilateral de la frontera comercial- está por la labor. Por tanto, nos vemos obligados a salir del actual y peligroso aislamiento. Somos la frontera del Sur de la UE, lo que nos acarrea multitud de problemas, pero no somos la aduana de la UE en la zona norte de Marruecos, circunstancia que podría suponer un estatus favorable y diferente.

La globalización de los mercados tiene ventajas y también grandes inconvenientes; la plena integración en el espacio aduanero europeo –atendiendo a sus diversos grados-  supone la apertura de fuertes escenarios competitivos, lo sabemos. No sería inteligente renunciar a cierta protección, para lo cual, existen fórmulas mixtas.  A día de hoy, en mi modesta opinión, es la alternativa político-económica de Melilla.